La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

19 de octubre de 2012

El Partido Carlista frente a ETA

Pegatina de Euskadiko Karlista Alderdia (EKA), 1979 (Archivo La Alcarria Obrera)

Para nadie es un secreto que, en sus orígenes, hubo contactos entre los militantes del Partido Carlista y los miembros de ETA, como los tuvieron unos y otros con el resto de organizaciones clandestinas antifranquistas; con más incidencia en este caso por la fuerte presencia carlista en Euskal Herria y por la voluntad común de realizar acciones armadas contra la dictadura sanguinaria, en el caso del carlismo a través de los Grupos de Acción Carlista (GAC). La profunda tarea de actualización ideológica de los carlistas en los años 70 del siglo pasado, que les llevó a un compromiso renovado con las clase populares, hizo que algunos acuñasen para ellos el término despectivo de “ekarras”, mientras desde una izquierda edulcorada se insistía en presentar a ETA como la continuadora del carlismo levantisco decimonónico. Sin embargo, pocas organizaciones pueden mostrar una crítica más justa y una valoración más negativa de las acciones de ETA en el postfranquismo que el Partido Carlista, que en los primeros años 80 hizo público el documento que ahora reproducimos, en el que se opone a la acción armada de unos y otros desde la fidelidad al socialismo autogestionario y la defensa intransigente de la clase trabajadora.

ANÁLISIS SOBRE EL TERRORISMO DESDE LA PERSPECTIVA DE LA CLASE TRABAJADORA
Durante los cuarenta años de dictadura fascista en el Estado Español, el Movimiento Obrero ha combatido en primera línea por las libertades que le habían sido arrebatadas y cuya ausencia permitía una explotación más cómoda y más intensa. El Movimiento Obrero ha sido el eje de la lucha de los pueblos de España contra el fascismo, a través de importantes movimientos de masas que se ampliaron sucesivamente e hicieron imposible, al final, la continuidad del sistema político del fascismo. Pero las propias condiciones políticas impuestas por el franquismo para la lucha, impidieron a la clase trabajadora y a los restantes sectores populares acumular la fuerza suficiente para también el cambio del sistema económico. Nunca se ha producido el paso de una dictadura fascista a un sistema socialista de forma directa, y esto no se debe a una casualidad. La clase trabajadora y el pueblo han sido capaces de conquistar las libertades democráticas, pero el sistema económico permanece. La burguesía sigue siendo la clase dominante; la que administra esas libertades y controla el aparato del Estado, pero ahora sabe que sólo puede actuar en un marco definido, unos límites que garantizan a los trabajadores y al pueblo -aunque no de manera completamente satisfactoria, por supuesto- el ejercicio de las libertades y derechos fundamentales conquistados.
Existe un equilibrio de fuerzas, como en cualquier otra situación y social. La clase dominante no puede ir más allá del límite, contra los oprimidos, porque atentaría contra sus propios intereses. Los trabajadores
y el pueblo carecen de fuerza para imponerse en mayor medida sobre la oligarquía. Es esta relación de fuerzas enfrentadas lo que el Movimiento Obrero debe aspirar a modificar para conseguir cambios y para conseguirlos de modo eficaz y seguro.
ETA fue protagonista durante los últimos años de la dictadura de una parte importante y eficaz de la lucha por las libertades; desgastando al sistema, golpeándolo en puntos claves, suscitando grandes movimientos de solidaridad. La prolongación y agudización de la presencia activa de ETA cuando han sido reconocidas las libertades arrancadas costosamente por los trabajadores -aunque sea en nivel insuficiente- plantea tres problemas diferentes, que deben constituirse en centro de nuestro análisis:
-Si es útil o no a la causa de los trabajadores en las circunstancias actuales.
-Si es válida la organización que mantiene necesariamente para el desarrollo de la lucha armada.
-Si es aceptable el tipo de sociedad que esta organización prefigura.
Creemos que estos son los verdaderos problemas que suscita la actuación de ETA, y que es necesario dejar a un lado -por costoso que parezca- las consideraciones de tipo sentimental o moralista, acerca de si son buenos o malos, peores o mejores, los militantes de ETA o sus víctimas. Este tipo de consideraciones desvía y oculta de manera lamentable la verdadera finalidad de cualquier análisis político y social, y mucho más si pretende ser revolucionario.
El objetivo de este análisis no es en ningún caso establecer la bondad o la buena voluntad de las personas, sean quienes sean, sino determinar la incidencia real y las consecuencias de actuaciones concretas en la realidad social.
LA LUCHA ARMADA ¿ES UTIL A LA CAUSA DE LOS TRABAJADORES EN LAS CIRCUNSTANCIAS ACTUALES?
Es necesario partir de los objetivos que hoy se marca ETA a sí misma. Según los documentos de la rama militar más recientes, se trataría de obligar al Gobierno a negociar la alternativa de la KAS, que abriría el paso a una democracia avanzada en Euskalherria. ETA reconoce que no existen condiciones para imponer su programa máximo. Su objetivo inmediato no es derrotar frontalmente al Estado y a la clase dominante, sino hacerles retroceder más dé lo que ya se han visto obligados a hacerlo. Pero, desde el mismo momento en que tal objetivo se plantea a través de la lucha armada, se convierte en pura y simple ilusión. No puede concebirse que la clase dominante llegue a estar dispuesta a la negociación con ETA, o con sus representaciones políticas porque ello supondría renunciar de un plumazo a su hegemonía política y militar cuando aún existen.
Las libertades conquistadas por los trabajadores y el pueblo han sido un inmenso paso adelante, pero con las fuerzas de que disponía el Movimiento Obrero y el pueblo en la dictadura, esas libertades sólo eran posibles como salida al fascismo en la medida en que el sistema económico y social quedaba sustancialmente intacto en un primer paso. Así lo entendieron siempre los trabajadores que combatieron en la clandestinidad, a quienes nunca se les ocurrió pensar que después de Franco podía alcanzarse el socialismo. Después de cuarenta años de lucha, hemos conquistado una transformación radical de los procedimientos políticos de la dominación oligárquica, lo cual constituye por sí sólo un paso de inmensa importancia porque permite la organización masiva de los trabajadores y el pueblo para ir modificando la correlación de fuerzas y las condiciones de todo tipo. Pero si lo que se plantea; como hace ETA es obligar a esa clase dominante a negociar una modificación inmediata y sustancial de la estructura económica y social, esa clase dominante, -¡qué aún tiene el poder, aunque de forma más limitada y menos arbitraria!- ofrecerá como respuesta la regresión y la limitación cada vez mayor de las libertades, si no su eliminación pura y simple.
¿Cómo proceder a esa limitación o eliminación de unas libertades de las que decimos que son conquistadas?
Precisamente, utilizando a ETA como coartada. De momento, la lucha armada de ETA ha servido para que antes de que se aprobara la Constitución entrara en vigor una Ley Antiterrorista cuya utilización puede orientarse contra grupos revolucionarios, aunque no usen las armas o la violencia. ¿Qué ha hecho posible esta Ley, sin oposición masiva entre los trabajadores y el pueblo? La presencia de ETA y su actuación. Precisamente. Existe en toda Europa una tendencia a limitar los derechos y libertades reconocidos constitucionalmente, por medio de leyes similares a la española, pero en ningún país se ha conseguido imponerla con mayor facilidad y ante una mayor indiferencia de las fuerzas populares.
Los MÉTODOS DE ETA: ¿SON ACEPTABLES?, ¿SON LOS ADECUADOS?
El más habitual de estos métodos en los últimos meses consiste en la eliminación física, pura y simple, de quienes consideran enemigos. Cuando los trabajadores hemos luchado ampliamente por la eliminación de la pena de muerte -y hemos terminado por conseguirla- ETA se atribuye a sí misma, gratuitamente, la facultad de ejecutar por su cuenta a quienes previamente han sentenciado, sin juicio alguno, sin cargos ni acusaciones previamente conocidos, sin posibilidad de defensa. Este procedimiento de elección y "juicio" de las víctimas resulta aún más peligroso que el del franquismo, porque nunca se sabrá de qué acusa realmente a quién cae acribillado a balazos. El aislamiento progresivo de la lucha armada y la ausencia de perspectivas serias y realistas obliga, por otra parte, a precipitarse por una pendiente de arbitrariedades cada vez mayores, asesinando a personas recién llegadas a Euskalherria o a simples familiares de guardias civiles. No se trata de un error, sino de una trayectoria precisa, "explicada y razonada" en los comunicados posteriores y comprensibles cuando no existe freno alguno a la visión particular y privada de quienes emplean las armas.
Es necesario preguntarse también quiénes son los supuestos enemigos. Peones del aparato del Estado, los eslabones más bajos -en la inmensa mayoría de los casos- del sistema que garantiza la explotación capitalista. Dejamos a un lado el caso de familiares o de quienes reciben genericamente la acusación de "chivatos", que puede encubrir todo tipo de errores y apreciaciones falsas. No es absurdo señalar que los miembros de la Guardia Civil o de la Policía Armada proceden de áreas del Estado superexplotadas, donde el trabajo escasea y la dominación ideológica empuja, junto a la necesidad, a buscar la subsistencia en las fuerzas armadas. Tampoco puede olvidarse que la totalidad de los miembros de las fuerzas armadas no son, ni han sido, torturadores. El asesinato sistemático de estas personas, por el mero hecho de pertenecer a los aparatos del Estado, podría extenderse mañana a los empleados de una empresa como Iberduero -por ejemplo- en la medida que estos no renuncian a su trabajo en un complejo supercapitalista que impone y legalmente una central nuclear a corta distancia del mayor núcleo de población del País Vasco.
En relación con el problema de los procedimientos, resulta esclarecedor el interés de ETA por golpear al Ejército y en algunos casos a la magistratura judicial, precisamente dos aparatos del Estado con capacidad para imponer una involución política o por lo menos para ayudar a empujarla. Aparatos del Estado, además, donde existen numerosos miembros que no aceptan de muy buen grado la nueva situación democrática, aunque la acaten. Este hecho, por sí sólo, basta para indicar que ETA busca la provocación conscientemente. Y no lo oculta. Según afirma ETA en documentos públicos, nada ha cambiado realmente. Sobre la base de este análisis tristemente idealista y ajeno a la realidad -tal como es y tal como lo percibe el pueblo- ETA no concede ninguna importancia aparente a la posibilidad de una involución. En todo caso, no la considera como algo negativo y no se siente responsable de nada en caso de que se produzca. Si nada ha cambiado, ¿cómo vamos a preocuparnos de la posibilidad, de una vuelta atrás?
Obsesionada por conseguir una negociación ilusoria, ETA parece dispuesta a provocar con todas sus fuerzas la reacción de los sectores del aparato del Estado que pueden imponer por la fuerza una vuelta al fascismo. En el fondo, esta estrategia no debe estar muy alejada de la certeza de que para la inmensa mayoría han cambiado muchas cosas. La involución, la vuelta atrás, es la forma de convencerles de su “error"; pero si esta involución ha sido consciente y machaconamente provocada, ¿de quién es el error?
LA ORGANIZACION QUE EXIGE LA LUCHA ARMADA Y EL TIPO DE SOCIEDAD QUE PREFIGURA, ¿SON VALIDOS PARA LOS TRABAJADORES?
Con la pretensión de convertirse en "ejército popular", ETA mantiene en estos momentos una organización armada que enarbola ciertas reivindicaciones populares y que cuenta con el apoyo relativo de un sector de nuestro pueblo. Pero es necesario aprender de la historia que ninguna organización armada -fuertemente jerarquizada y disciplinada- ha renunciado al poder absoluto cuando ha logrado imponerse. No es casual. O las revoluciones las hacen las masas y toma el poder la inmensa mayoría de forma consciente, o las hacen grupos minoritarios poseídos de la iluminación de "la vanguardia". En el caso segundo, la toma del poder sólo puede hacerse por la fuerza e per la manipulación de las masas. La sociedad resultante será una proyección del procedimiento empleado y de los valores cultivados en el grupo dirigente. Una revolución ganada per la lucha armada y por los procedimientos terroristas que ejerce ETA no podría dar como resultado más que una sociedad elitista, rígida, jerarquizada y, sobre todo, sin participación democrática de la inmensa mayoría de los trabajadores y pueblo, que no participan para nada en las actuales condiciones de un proceso como el que pretenden impulsar ETA.
El vanguardismo termina siempre por conseguir resultados contrarios a los que dice pretender. Las reivindicaciones obreras y populares, colocadas por ETA como pretexte, no se consolidan en la conciencia de las masas, sino que pierden valor e influencia. Todos los trabajadores y cada uno de ellos en particular, pierden el protagonismo de la lucha social a manos de una organización que se ha designado a misma representante mesiánica del pueblo y de sus aspiraciones. La actuación de un grupo como ETA, objetivamente, se enfrenta al movimiento de masas, que salió con fuerzas acumuladas del franquismo y que desde entonces no ha hecho otra cosa que diluirse y debilitarse, contemplando el espectáculo desde fuera limitándose a reivindicaciones inmediatas, condenando a los trabajadores a estrategias puramente defensivas. De esta forma, la actuación de ETA, además de poner en peligro objetivamente conquistas del Movimiento Obrero que han costado tremendos sufrimientos, sustituye -o pretende sustituir- al verdadero protagonista de la lucha social, colocando allí donde debe estar la clase obrera, la inmensa mayoría de los trabajadores con un grado de conciencia cada vez más avanzado, comandos anónimos y armados que atentan contra la vida de las personas pensando beneficiar así al pueblo, mientras le reducen al papel pasivo de recibir el supuesto beneficio.
En el enfrentamiento entre los grupos armados y los aparatos de seguridad del Estado, la oligarquía y las fuerzas de derecha desearían convencernos a los trabajadores de que únicamente existen dos opciones, y es necesario entregarse a una u otra atados de pies y manos. No es nueva la pretensión de que quienes no comparten, ni creen aceptables, los procedimientos terroristas y provocadores, apoyen ciegamente a los encargados de enfrentarse oficialmente con la lucha armada. Bajo esta pretensión se alimenta en muchas ocasiones el intento de desarrollar una guerra particular, con los mismos procedimientos y con las mismas armas que los terroristas. Quien no lo acepte así corre el peligro de verse acusado como colaborador de procedimientos violentos. Sin embargo, de la misma manera que el Movimiento Obrero debe rechazar el asesinato de supuestos enemigos, puesto que la abolición de la pena de muerte no la hemos pedido para nosotros sino para todos, la reivindicación de un trato justo para todas las personas no puede excluir a quienes practican la lucha armada, por muy en desacuerdo que estemos con ellos. El rechazo del terrorismo no puede llevar a aceptar el terrorismo de Estado, los procedimientos arbitrarios, el uso incontrolado de la fuerza y la violencia por las fuerzas de seguridad... Precisamente porque se trata de fuerzas de seguridad se puede exigir, y se debe exigir, un escrupuloso respeto de su parte a los derechos ciudadanos y, por supuesto, a la vida de quienes practican la lucha armada. Criticar en profundidad el terrorismo no supone abandonar la denuncia de las arbitrariedades represivas del Estado, sino todo lo contrario: defender enérgicamente el derecho a la vida y a la integridad física de todos los seres humanos, y el respeto de todas las libertades y de todos los derechos ciudadanos.
La sociedad que queremos se caracteriza por dos rasgos fundamentales: eliminar la explotación, la opresión en todas sus formas, la violencia... y convertir a cada persona en trabajador y, como tal trabajador, en protagonista de las decisiones que le afectan directamente y de las que afectan a la sociedad en que vivimos. Para conseguirlo hay que derrotar a las clases dominantes hoy por hoy y eliminar la violencia estructural. Es cierto. Y sólo podrá hacerse dando pasos hacia adelante y no hacia atrás, hacia una nueva forma de fascismo. Pensar de forma contraria traduce un desprecio olímpico por los trabajadores y una abrumadora falta de fe en su capacidad de multiplicar su conciencia de explotados y de liberarse progresivamente de todas las ataduras. No se puede cambiar nada despreciando a los beneficiarios del cambio y arrebatándoles el papel protagonista de su propia liberación. La violencia del Estado capitalista, en el terreno individual y colectivo, sufrida como clase y como pueblo, no puede ser eliminada ya con el mero enfrentamiento físico de otra violencia similar. Ya no es posible, pero tampoco sería positivo.
Todos los medios de presión que se utilicen para avanzar hacia una sociedad socialista, y más si se trata de dar pasos definitivos, deben ir precedidos por la hegemonía ideológica del Movimiento Obrero en el terreno de que se trate. Esa hegemonía consiste en el dominio de los trabajadores sobre el conjunto de la sociedad, por medios democráticos, en el campo de las ideas políticas, económicas, sociales y culturales. Dicho de otra manera, un cambio revolucionario requiere primero, antes de conquistar el poder la mayoría, -la conquista inicial no se va a conseguir exclusivamente por medio de la discusión y la lucha ideológica- que los trabajadores aprendamos también en la práctica y profundicemos nuestra conciencia de clase en las luchas concretas. A través de esas luchas concretas, de la incorporación a su desarrollo de la inmensa mayoría de los trabajadores, la clase obrera debe conquistar la hegemonía ideológica y arrebatársela a las oligarquías. Y es entonces, sólo entonces, cuando tiene sentido llevar la presión -frente a las maniobras antidemocráticas de la clase dominante- hasta donde se haga necesario y hasta donde esté dispuesta a asumirla y a hacerla suya la mayoría consciente.
No es el lugar de desarrollar ampliamente nuestra perspectiva socialista autogestionaria. Pero no podemos olvidarla, ni convertirla en una frase vacía de contenido. Desde esa perspectiva se deduce que el único camino es el de la conciencia y la participación en la lucha concreta de las más amplia mayorías.
Se trata de tejer constante y pacientemente un entramado de solidaridad de clase y voluntad de lucha que acabe por envolver los aparatos represivos
y neutralizarlos, porque en el fondo siempre se basan para actuar en el engaño; y la manipulación de los trabajadores y el pueblo. Este camino de cada día requiere el coraje de entender que no está la victoria a la vuelta de la esquina. Pero es el que puede llevarnos a los trabajadores a la sociedad que deseamos.
El otro camino parece mostrar el triunfo rápido, al alcance de la mano, pero el objetivo se desvanece cuando pretendemos acercarnos porque es un espejismo. Los trabajadores vamos a ganar la sociedad socialista y autogestionaria si a los viejos procedimientos de dominación y explotación, a la violencia como el poder de unos hombres sobre otros, sabemos oponer la fuerza de nuestra voluntad incansable, nuestra organización de masas y nuestra unidad. Eso sí es invencible.