La Alcarria Obrera fue la cabecera más antigua de la prensa sindical en la provincia de Guadalajara en el siglo XX. Heredera del decimonónico Boletín de la Asociación Cooperativa de Obreros, comenzó a publicarse en 1906 y lo hizo ininterrumpidamente hasta que, en el año 1911, dejó paso a Juventud Obrera.

El odio de la burguesía y el terror al que fueron sometidas las clases populares provocaron su total destrucción: hoy no queda ni un sólo ejemplar de ese periódico obrero.

En 2007 recuperamos La Alcarria Obrera para difundir textos fundamentales y originales de la historia del proletariado militante, con especial dedicación al de Guadalajara, para que sirvan de recuerdo histórico y reflexión teórica sobre las bases ideológicas y las primeras luchas de los trabajadores en pos de su emancipación social.

31 de enero de 2010

La fundación del Instituto de Guadalajara

Memoria del Instituto del curso 1923-1924, Guadalajara, 1924 (Archivo La Alcarria Obrera)

En 1837 se estableció en la ciudad de Guadalajara el primer Instituto de Segunda Enseñanza de la nueva España liberal. Abandonando penosamente las oscuras tinieblas del dogmatismo, que proponía desterrar "la funesta manía de pensar", los españoles se adentraban por la senda del libre conocimiento. En el establecimiento de este primer Instituto en Guadalajara tuvo mucho que ver Pedro Gómez de la Serna, jefe político del momento, al que se debe la formación y consolidación del nuevo Estado liberal y burgués en la capital y en toda la recién nacida provincia alcarreña. Hoy olvidado, ni siquiera una calle o una placa recuerdan sus desvelos por Guadalajara. Reproducimos el acta de constitución del Instituto con el discurso que pronunció en esa ocasión.

En la ciudad de Guadalajara, día treinta de Noviembre del año de mil ochocientos treinta y siete, los Sres. D. Pedro Gómez de la Serna, Jefe político, D. Melitón Méndez, D. Dionisio Hermosilla, D. Pedro Gamboa y D, Ángel Lagúnez, Diputados de la Provincia, se constituyeron en el extinguido Convento de San Juan de Dios, destinado para local del Instituto de Segunda Enseñanza de esta provincia, con el fin de efectuar la inauguración y apertura de este Establecimiento, concurriendo a esta solemnidad, por invitación de la Excma. Diputación, las personas notables de esta ciudad; y por el Sr. Jefe político se pronunció el discurso siguiente:
“Señores:
En medio de las disensiones civiles parecen los pueblos condenados a la ignorancia y a la barbarie. Ocupados los ciudadanos en destruirse, victorean al caudillo que los guía en los campos de batalla, y dan al olvido la memoria del sabio que los ilustra; la juventud abandona la sosegada mansión de las ciencias por el estrépito de las batallas; y el hombre, saciado de crímenes y de sangre, camina rápidamente a la estupidez y a la miseria. Así la historia representa a las naciones, y la nuestra, fecunda en domésticos ejemplos, no deja mendigarlos de las estrañas. Nunca, pues, con más razón que en los azarosos días que alcanzamos, debe ocupar nuestros cuidados la educación pública, la instrucción de la brillante juventud en que se libra la suerte futura de la patria. Ella es acreedora a nuestros desvelos, derramando su sangre en los campos de batalla, se muestra digna de su época; cumplamos nosotros a la vez nuestra misión, y mientras pelea por la existencia del Estado, procuremos su engrandecimiento.
Pocos establecimientos literarios conocerán más humildes principios que el que hoy inauguramos; por doquiera las artes han volado para adornar los templos de las ciencias sus hermanas: la pintura, la arquitectura, la escultura, han disputado a su vez y han agotado sus encantos para ostentarlos en las mansiones del saber; jáctase Salamanca de tener por protector al sabio Alfonso; el César Carlos lega a Granada en su Liceo un monumento que engrandece su nombre; Cervera ostenta la magnificencia de Felipe V y le saluda como a su padre; y Alcalá, que a los 400 años de una existencia gloriosa es la base de más grandioso establecimiento, en la magnificencia de Cisneros halla un creador, y se complace en celebrarle como el primer hombre de su siglo. Nada de esto preside a la creación de nuestro instituto, humilde en el edificio, nacido entre las tormentas de una guerra fratricida, sin aparato, sin ostentación, sin pretensiones a una celebridad, que ahora no puede prometerse, debe su origen a un siglo progresista, y a la sombra de instituciones libres y de un trono tutelar llegará a ser beneficioso a la provincia, y útil a la patria. Sí, lo será, Señores, que aquí nuestra juventud vendrá a adquirir los principios elementales de las ciencias, se consagrará a las musas, y cultivando su imaginación y su talento, difundirá por todas partes la instrucción que agote en la estrechez de este recinto. Aquí pasarán los más floridos años de su vida y se prepararán para más altos estudios los que dedicados a la ciencia del foro han de servir al Estado en las sublimes funciones de la magistratura, han de defender la inocencia o han de convencer al crimen; los que adscritos al ministerio de los altares se consagren a ejercer una misión de paz y de consuelo, a enseñar al pueblo la moral en toda su pureza, y a separar la religión del fanatismo; los que en los diversos ramos de curar han de hacer más llevaderos nuestros males, y los que se entreguen exclusivamente a los estudios de aplicación en utilidad de las ciencias, de las artes y de la pública riqueza. Así será el Instituto un beneficio para el país, y al paso que proporcione a la clase media de la provincia recursos de instrucción, difundirá la ilustración en todas las demás, completará la educación de las acomodadas, y preparará con fruto a los que concurran a las facultades mayores y escuelas especiales.
No se limitarán a esto los bienes que deben originarse, pues la instrucción y las luces disminuyen los tristes efectos de la corrupción de las costumbres y reformas las costumbres mismas, sin las cuales son una mera fórmula las leyes, dirigen la opinión pública, corrigen los extravíos de la razón, gobiernan el mundo y hacen temblar a los tiranos en su asiento. Superiores a los tiempos, a las vicisitudes y a los hombres, se burlan de la vigilancia de sus perseguidores, proscriptas aumentan su culto, protegidas hacen la felicidad del país que las acoge. La misma naturaleza dominada por ellas se presta a seguir los designios del hombre, cuya mano poderosa ha alcanzado con su auxilio aumentar las especies secundarias en el reino animal y en el vegetal, y dictar leyes a los mares, a los vientos y a los rayos. He aquí, señores, un ligero bosquejo de los beneficios de la instrucción: la influencia que ejerce en la educación y en las costumbres no es menos útil a las naciones, a ella se debe la cultura de nuestros días, la suavidad de nuestros hábitos, y la gran distancia que nos separa de los siglos que pasaron. Sus efectos son prodigiosos, por su influjo es el hombre superior a sí mismo, arrostra con impavidez las desgracias, conjura los peligros y se ofrece víctima generosa en aras de la virtud, del honor y de la patria. A la educación, señores, según un escritor célebre, se debió en Esparta que el candidato repelido del consejo de los trescientos celebrase que hubiera otros tantos ciudadanos más dignos que él; que espirasen el vigor de los golpes en el altar de Diana niños sin quejarse; que las viudas diesen gracias a los Dioses por haber perdido sus esposos por la patria; que las madres celebrasen la muerte de sus hijos vencedores y llorasen por la vida de los que sobrevivían a una derrota. Y si la educación por sí sola producía estos mágicos resultados en pueblos de poca ilustración, ¿qué no podremos nosotros prometernos, si a su auxilio llamamos la instrucción pública, y logramos extenderla?
Cumplamos pues, señores, al abrir el Instituto con un deber que nos dicta la utilidad pública y los privados intereses, pongamos la primera piedra de un edificio que reclaman las necesidades de la época, facilitemos medios de instrucción y consultemos al bien de la Provincia y del Estado. Enseñando a la juventud este nuevo albergue de las ciencias y separándola de vanas especulaciones y de inútiles doctrinas, mereceremos bien de la Patria y haremos que la que frecuente estas escuelas, delicias hoy y esperanzas de la Provincia, sea mañana su sostén y apoyo. Y si corriendo el tiempo los alumnos de esta Escuela lograran distinguirse, si llegara el día en que su nombre se hiciera célebre, y los resultados correspondieran a nuestras intenciones, entonces señalando con el dedo este recinto podremos decir con arrogancia: ese es el templo que en días turbulentos consagramos a las ciencias, nosotros le dimos el impulso, nuestra es también la gloria, nuestros los laureles”.
Acto continuo, leída la lista de los Profesores encargados interinamente de la enseñanza, que lo son D. Dionisio Hermosilla, Rector y Catedrático de Lógica y Filosofía Moral; D. Manuel Ascensión Verzosa, de Física experimental, nociones de Química y Geografía Físico-Matemática; D. Salvador Novar, de Matemáticas y Geometría aplicada al Dibujo lineal; D. Juan José Villaverde, de Agricultura con el cargo de Secretario; D. Mariano Gualda, de Literatura e Historia y D. Juan Andrés Zuazua, de Lengua Francesa; prestaron juramento de guardar la Constitución de la Monarquía, ser fieles a la Reina y desempeñar con celo las funciones del Magisterio que se les confiaba, y el Sr. Jefe político declaró instalado el Instituto de segunda Enseñanza de esta provincia. Y para perpetuar la memoria de este día, se fijó una lápida con esta inscripción:
Publicae. Juvenum. Institutioni
Regina. Elisabeth
Inauguratum Lycaeum Caracense
Prid. Kal. Decemb. Anno MDCCCXXXVII
Con lo cual se dio fin a esta solemnidad, y para que conste se mandó extender esta Acta por cabeza de las del mencionado Instituto, firmándola sus Señorías.

28 de enero de 2010

Manifiesto en defensa de la lengua catalana

El nacionalismo de los territorios periféricos (Euskal Herria, Catalunya, Galicia...) y su enfrentamiento con el nacionalismo español ha sido una de las constantes más recurrentes de la vida política hispana en los dos últimos siglos. La lengua y la cultura han sido, tradicionalmente, las primeras víctimas de este conflicto, cuando deberían haber sido las primeras en ser preservadas de vaivenes institucionales y de luchas ideológicas. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, intelectuales españoles de todo origen, de casi cualquier disciplina y de muy diversas adscripciones políticas (monárquicos, republicanos, conservadores, liberales, socialistas, libertarios…), firmaron un manifiesto en defensa de la lengua catalana, ninguneada por el dictador. Por desgracia, hoy este mismo manifiesto y el espíritu unitario que lo alentó, son impensables.

Excelentísimo señor presidente del Directorio militar:
Los abajo firmantes, escritores en lengua castellana, que sienten profundamente los merecimientos históricos de su idioma y que lo aprecian en todo su valor como indispensable vehículo para la difusión del pensamiento a través del mundo civilizado, se dirigen respetuosamente a V. E. para expresarle su sentir, con ocasión de las medidas de gobierno que por razones políticas, se han tomado acerca del uso de la lengua catalana.
Es el idioma la expresión más íntima y característica de la espiritualidad de un pueblo, y nosotros, ante el temor de que esas disposiciones puedan haber herido la sensibilidad del pueblo catalán, siendo en lo futuro un motivo de rencores imposible de salvar, queremos con un gesto afirmar a los escritores de Cataluña la seguridad de nuestra admiración y de nuestro respeto por el idioma hermano.
El simple hecho biológico de la existencia de una lengua, obra admirable de la naturaleza y de la cultura humana, es algo siempre acreedor al respeto y a la simpatía de todos los espíritus cultivados.
Debemos además pensar que las glorias de Cataluña son glorias españolas, y el título histórico más alto que España puede presentar para ser considerada como potencia mediterránea, se debe en gran parte al pueblo catalán, que hizo de la Barcelona medieval un emporio de riqueza capaz de competir con las repúblicas italianas; que creó una cultura admirable; que lanzó sus leyes de mar y cuya lengua inmortal resonó en el fragor de la batalla ante los muros sagrados del Partenón, y que sirvió para que con ella hablara por primera vez la filosofía nacional por boca de Raimundo Lulio y fuese cantada la efusión humana en los versos imperecederos de Ausiàs March.
El reconocimiento de las literaturas regionales como una consecuencia ideológica y romántica hizo de la lengua de Cataluña una literatura a la que pertenecen autores como Verdaguer y Maragall, que cuentan entre las primeras figuras de la literatura española del siglo XIX.
Nosotros no podemos tampoco olvidar que de Cataluña hemos recibido altísimas pruebas de comprensión y cariño, hasta el punto de que un insigne patriota catalán, amante fervoroso de las glorias españolas, Milà y Fontanals, abrió con llave de oro el oscuro arcano de las manifestaciones artísticas más genuinas y más características del pueblo castellano.
Queremos cumplir con un verdadero deber de patriotismo, diciendo a Cataluña que las glorias de su idioma viven perennes en la admiración de todos nosotros y serán eternas mientras imperen en España el culto y el amor desinteresado a la belleza.

Pedro Sainz Rodríguez, Eduardo Gómez de Baquero, A. Bonilla San Martín, Gregorio Marañón, Ángel Ossorio y Gallardo, Pedro Mata, Antonio Jaén, Tomas Borrás, Ángel Herrera Oria, Jaime Torrubiano Ripoll, Ramón Menéndez Pidal, Álvaro de Albornoz, Concha Espina, Augusto Barcia, V. García Martí, Conde de Vallellano, José Ortega y Gassset, Miguel Herrero, Luis de Zulueta, Domingo Barnés, Francisco Vighi, Pedro de Repide, León de las Casas, Joaquín Belda, José G. Alvarez Ude, Luis Jiménez de Asúa, Luis Ruiz Contreras, Félix Lorenzo, Fabián Vidal, Gabriel Maura, Vicente Machimbarrena, Gregorio Martínez Sierra, Lorenzo Barrio y Morayta, Andrés González Blanco, José Toral, Luis Araújo Costa, Mercedes Gaibrois de Ballesteros, Femando de los Ríos, Azorín, Manuel Pedroso, Luis Bello, José María Sacristán, Cristóbal de Castro, José Giral, Melchor Fernández Almagro, Ramón Gómez de la Serna, Manuel Bueno, Antonio Espina, Antonio Zozaya, Federico García Lorca, F. Rivera Pastor, Alberto Insúa, Honorato de Castro, Luis de Tapia, Luis Araquistaín, Gustavo Pittaluga, E. Paul Almarza, Juan de la Encina, José García Mercadal, Ángel Lázaro, Bernardo Acha, Artemio Precioso, F. Escrivá, José Gutiérrez Solana, Jacinto Grau, Juan Pujol, José Ruiz Castillo, P. de Ciria Escalante, José Albiñana, doctor García del Real, Gabriel Franco, Salvador Pascual, Eduardo Ortega Gassset, Carlos Pereira, Juan Guixé, Leopoldo Bejarano, José Canalejas, Guillermo de la Torre, M. García Cortés, Adolfo A. Buylla, J. A. Balbontín, Isaac del Vando-Villar, Cayetano Alcázar, Mauricio Paraíso, Rafael Urbano, Julio Cañada, Antonio Guisasola, Antonio Dubois, José Sánchez Rojas, José Antón, F. Madariaga, Luis de Hoyos y Vinent, Hipólito Jimeno, Luis G. Bilbao, Andrés Ovejero, Manuel Azaña, Claudio Sánchez Albornoz, Conde de las Navas, Luis Palomo, F. Arévalo Salto, Luis G. Urbina, Luis G. Andrade, F. de Bustamante, A. Pérez Serrano, Tomás Elorrieta, Manuel Hilario Ayuso, Eduardo Barriobero, Manuel Antón, J. Jordán de Urries, Juan Hurtado, Ramón Pérez de Ayala, J. Villalba, Álvaro Calvo, Marqués de Lozoya, Ángel Torres del Álamo, Francisco de Viu, Luis Fernández Ardavín y Alberto Marín Alcalde.

21 de enero de 2010

Carta de Farga Pellicer a Bakunin

Incendio en el Registro de la Propiedad, Barcelona, 1870, La Ilustración de Madrid, 27 de abril de 1870

La difusión del ideario anárquico y el desarrollo de la Internacional obrera en España no fueron fáciles. Sobre el sustrato receptivo de las Sociedades de Socorros Mutuos y del conocimiento de las obras de Pierre-Joseph Proudhon traducidas por Francisco Pi y Margall, germinó la semilla de Giuseppe Fanelli. En repetidas ocasiones se ha hecho notar la rapidez con que la Primera Internacional se extendió por toda la geografía hispana, hasta el punto de que treinta meses después de la llegada de Fanelli se celebró en Barcelona un congreso obrero en el que estaban representados alrededor de cincuenta mil adherentes, entre los que se encontraban las federaciones de Brihuega y Guadalajara. Sin embargo, los primeros pasos no fueron fáciles, como nos demuestra la siguiente carta remitida por Rafael Farga Pellicer, uno de los internacionalistas de primera hora, a Mijaíl Bakunin.

Barcelona, 1 de agosto de 1869
Mi querido Bokounine:
Con inmensa satisfacción he recibido vuestra carta. En seguida la leí al Centro Federal de las Sociedades Obreras, como secretario general que soy de él, y enterado de su contenido ha acordado enviar a Bâle uno o más (no ha determinado todavía el número) de representantes de las Sociedades obreras de Cataluña.
Mas es preciso hacer aquí algunas explicaciones, para que vos comprendáis la manera como deberán representar a España los obreros que envía al Congreso nuestro Centro Federal.
Aquí el socialismo no está tan desarrollado como fuera de desear; así que el Centro Federal no ha decidido nada clara y terminantemente respecto a este punto tan interesante. Hasta ahora sólo se ha ocupado de organizar asociaciones obreras de todos los oficios y artes y propagar para que la federación entre todos se haya efectuado, y para que la República federal triunfe en la gran lucha que sostenemos con los monárquicos y demás conservadores de todas las demás tiranías.
No obstante, he de participaros con placer que la gran mayoría de los obreros son susceptibles de ser decididamente socialistas, puesto que van ya comprendiendo esas grandes ideas que llevan en sí nuestra inmediata y radical emancipación. Gracias a los esfuerzos que hacemos algunos amigos en pro de esta propaganda dentro de las varias profesiones y oficios asociados y dentro del mismo Centro Federal, yo tengo la seguridad de que dentro de poco tiempo formaremos parte los obreros de España de la grande Asociación Internacional de los Trabajadores; porque procuramos algunos amigos hacer los Reglamentos de las Clases y del Centro basados en el espíritu y tendencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores. De manera que, insensible y convencidamente, se encontrarán dentro de L’Internationale.
Vos, querido amigo y correligionario, comprenderéis con cuánto cuidado y cuánta prudencia ha de hacerse esta importante propaganda, para evitar futuras escisiones que retardarían más el triunfo de nuestra causa.
Mucho influirá, estimado amigo, a que los obreros españoles ingresen cuanto antes en la Asociación nuestra, si ahora, como sucederá (si es posible) tienen representantes propios en Bâle, pues éstos les explicarán de una manera gráfica y concreta el mecanismo, las ideas y desarrollo de nuestra grande Asociación.
Contestad, amigo, a vuelta de correo, si nuestro Centro Federal puede tomar parte en el Congreso de Bâle, no obstante no declararse ser de la Internacional. Es de suma importancia y necesidad que a pesar de no ser ahora de la Asociación, pueda este Centro concurrir al Congreso de Bâle, precisamente para acelerar más el que ingrese cuanto antes a ella. Espero, pues, que haréis lo posible para que puedan venir a Bâle los representantes delegados de España, con las circunstancias expresadas. Espero pronta contestación: Al Centro Federal de las Sociedades Obreras. Rafael Farga Pellicer, secretario. Calle de Mercaders, 42. Barcelona.
Por el correo os envío un número del periódico La Federación, órgano del Centro, que de una manera prudente defenderá el socialismo. En España ha habido entre la clase obrera algunos individualistas que ahora van batiéndose en retirada. La Federación trabajará activamente para acabar de despreocupar a unos y para convencer a todos de la grande necesidad de ser nacionales, socialistas y republicano-federales. Le llamo la atención sobre la R del título y sobre el prospecto que yo he escrito como director que unánimemente me ha nombrado el Centro Federal. He procurado y alcanzado que todo el Consejo de Redacción sea, como es, socialista.
Espero que vos me autoricéis para que publique vuestros escritos de Le Progrès, y hasta me atreveré a rogaros que escribáis y remitáis –si podéis hacerlo- unos artículos originales vuestros, hechos directamente para nuestro periódico La Federación, como, por ejemplo, tratando de la abolición del Estado, la abolición de la propiedad hereditaria y de la renta, etc.
Distingamos, yo soy también secretario de la sección de Barcelona de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que fundamos alentados y dirigidos por nuestro caro amigo Fanelli.
Las continuas preocupaciones políticas que tenemos nos han privado de propagar más la Asociación; pero próximamente nos reuniremos los de la Internacional (que hay tres o cuatro que son presidentes de Sociedades federadas en el Centro Federal) para tratar de vuestra carta; mas yo desconfío que enviemos nadie a Bâle, porque somos pocos y pobres. Ya le contestaremos. De todos modos, como internacionales, enviaremos a Londres nuestra cotización de 1’10 francos por miembro, que todavía no lo hemos hecho.
Ya he escrito a Rubau, diciéndole que conteste a vuestra carta.
En la sesión del domingo próximo comunicaré a mis amigos de L’Internationale (sección de Barcelona) vuestra carta y vuestro deseo, que los más demócratas, socialistas y radicales formen parte de la Alianza. Por lo que a mí toca, acepto completamente todo lo consignado en el librito que me ha enviado.
Hasta otro día. Espero con impaciencia vuestra carta, que no importa sea francesa, pero de buena letra.
Tened la seguridad, amigo y hermano mío, que siempre trabajaré con todas mis fuerzas y por el camino más corto para obtener la redención social, la emancipación completa de las clases trabajadoras, la muerte de todo privilegio y monopolio.
Expresiones a Fanelli.
Vuestro amigo y hermano.
Rafael Farga Pellicer.

16 de enero de 2010

Manifiesto de la Huelga General de 1917

Dibujo de Sileno, 1918 (Archivo La Alcarria Obrera)

La neutralidad española en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) tuvo efectos muy beneficiosos para la economía nacional, que se repartieron con descarada injusticia: mientras que amplios sectores de la alta burguesía se enriquecían atropelladamente, la mayoría del pueblo español soportaba una brutal subida de los precios de los productos de primera necesidad. A las dificultades habituales de los trabajadores, se le sumaron en estos años el empobrecimiento de la clase media y una crisis política de creciente intensidad. El reto movió a las dos centrales obreras, CNT y UGT, a actuar unidas y convocar conflictos y huelgas generales, entre la que destaca la de agosto de 1917. El 27 de marzo de ese año, ambos sindicatos firmaron el presente manifiesto.

Tras la labor de protesta constantemente ejercitada por las organizaciones obreras contra los abusos de la administración y las corruptelas de la política que nuestro país padece, la huelga general del 18 de diciembre último, admirable ejemplo de eficacia de la organización y testimonio irrecusable de la capacidad creciente del proletariado español, habría debido producir alguna atenuación, al menos, de los males por todos reconocidos y continuamente denunciados.
Pero a pesar de nuestras advertencias serenas, de nuestras quejas metódicas y reflexivamente fundamentadas y de nuestras protestas, tal vez más prudentes y mesuradas de lo que exige la agudeza de los dolores que el país padece, es lo cierto que cada día que pasa representa para el proletariado una agravación creciente de la miseria ocasionada por la carestía de las subsistencias y por la falta de trabajo.
Ciertamente que si las privaciones a las que se ve sometido el pueblo español fuesen una consecuencia necesaria de la economía mundial, cuya solución no depende de nosotros ni de los elementos directivos de nuestra vida nacional, nuestras quejas serían absolutamente estériles y nuestras protestas no tendrían otra eficacia que la de imprecaciones más o menos vehementes contra los misteriosos destinos de la fatalidad.
Pero ¿habrá algún gobernante español que pueda afirmar en conciencia que las condiciones insoportables de nuestra vida, agravadas sin duda por la guerra, no son consecuencia de un régimen de privilegio, de una orgía constante, expresión de una desenfrenada inmoralidad que encuentra en los organismos públicos el amparo y la defensa que debían prestar a la vida del pueblo?
Las luchas provocadas por la competencia entre los diversos grupos de explotadores de la vida de la nación pueden dispensar al proletariado de hacer la crítica del régimen vergonzoso que padece España.
Las denuncias diarias de la prensa, los abusos que descubren las públicas discusiones de las asambleas, la labor misma de las Cortes, tan estéril para el bien como reveladora de crecientes impurezas, son los folios de un largo y complicado proceso cuya sentencia habrá de ser dictada y cumplida por el pueblo, como juez inapelable.
Todos los días, la prensa ofrece el testimonio de la preocupación de los gobernantes ante las complicaciones de los problemas presentes. ¿En qué se gasta su actividad que sus resultados beneficiosos no llegan nunca al pueblo trabajador? Todos esos esfuerzos de los gobernantes, el pueblo sabe bien que se gastan en un empeño imposible de armonizar los intereses privados opuestos, que encuentran en los momentos más angustiosos de la vida nacional la ocasión más propicia para aumentar sus ganancias.
Las empresas de ferrocarriles, las compañías navieras, los mineros, los fabricantes, los ganaderos, los trigueros, los múltiples acaparadores e intermediarios, los trust que monopolizan los negocios en las grandes poblaciones, los gremios degradados y degradantes, todos representan intereses particulares, que hallan amparo y protección en los poderes públicos, mientras el pueblo emigra o perece.
Y no es posible seguir ya engañando al país con discursos más o menos brillantes, ni con preámbulos de leyes cuyo articulado desmiente las propias ideas proclamadas por los ministros en la Gaceta.
En la presente y crítica situación ya ha visto el pueblo lo que ha quedado de las promesas de reforma de la economía nacional. Continúan las eternas ocultaciones de riqueza, los más llamados al sostenimiento de las cargas públicas siguen sustrayéndose al cumplimiento de ese deber de ciudadanía, los beneficiados con los negocios de la guerra ni emplean sus ganancias en el fomento de la riqueza nacional, ni se avienen a entregar parte de sus beneficios al Estado, y el gobierno, débil con los poderosos y altivo con los humildes, lanza a diario contra los obreros a la Guardia Civil, mientras prepara empréstitos de transformación de la Deuda y ofrece a los capitalistas una colocación lucrativa a sus fondos ociosos, so pretexto de promover obras públicas que jamás se realizan.
Y si de los pomposos ofrecimientos de reformas económicas y de promoción de obras públicas no queda más que el rumor de vanas palabras, ¿para qué ha servido la ley de Subsistencias, como no sea para revelar la dependencia vergonzosa en que se halla el gobierno con respecto a las agrupaciones gremiales más conocidas y más odiadas por los consumidores?
¿De qué nos vale formular un día y otro nuestras quejas, y de qué nos sirve el reconocimiento de la justicia de nuestras demandas por los mismos hombres que ocupan el Poder, si no logramos nunca vislumbrar el remedio de nuestros males?
La impotencia de los poderes públicos para resolver los problemas vitales de la nación la está proclamando la acción militar en Marruecos, sangrienta y vergonzosa ruina de España, por todos los gobernantes censurada, pero por todos igualmente mantenida.
Después de las prolijas discusiones a que la acción de España en Marruecos ha dado lugar, a nadie se le oculta ya que esta reincidencia de los poderes públicos en los antiguos errores bélicos, militaristas y dinásticos bastaría por sí sola para provocar por parte de la nación la más violenta de las actuaciones contra los causantes de su desgracia.
Estos males, percibidos a diario por el proletariado, han formado en él, tras una larga y dolorosa experiencia, el convencimiento de que las luchas parciales de cada asociación con los patronos, asistidas por la solidaridad de los compañeros de infortunio, no bastan a conjurar los graves peligros que amenazan a los trabajadores.
El proletariado organizado ha llegado así al convencimiento de la necesidad de la unificación de sus fuerzas en una lucha común contra los amparadores de la explotación erigida en sistema de gobierno. Y respondiendo a este convencimiento, los representantes de la Unión General de Trabajadores y los de la Confederación Nacional del Trabajo han acordado por unanimidad:
1º. Que en vista del examen detenido y desapasionado que los firmantes de este documento han hecho de la situación actual y de la actuación de los gobernantes y del Parlamento; no encontrando, a pesar de sus buenos deseos, satisfechas las demandas formuladas por el último congreso de la Unión General de Trabajadores y Asamblea de Valencia, y con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales de sistema que garanticen al pueblo el mínimum de las condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras, se impone que el proletariado español emplee la huelga general, sin plazo definido de terminación, como el arma más poderosa que posee para reivindicar sus derechos.
2º. Que a partir de este momento, sin interrumpir su acción constante de reivindicaciones sociales, los organismos proletarios, de acuerdo con sus elementos directivos, procederán a la adopción de todas aquellas medidas que consideren adecuadas al éxito de la huelga general, hallándose preparados para el momento en que haya de comenzar este movimiento.
3º. Que los abajo firmantes, debidamente autorizados por los organismos obreros que representan, y en virtud de los poderes que les han sido conferidos por la clase trabajadora, se consideran en el deber de realizar, en relación con las diversas secciones, todos los trabajos conducentes a organizar y encauzar debidamente el movimiento, así como también a determinar la fecha en que debe ponerse en práctica, teniendo en cuenta las condiciones más favorables para el triunfo de nuestros propósitos.

11 de enero de 2010

Ángel Pestaña en la URSS

Mitin del PCE durante la Guerra Civil, ¿1936?, (Archivo La Alcarria Obrera)

Ángel Pestaña acudió a Moscú como delegado de la CNT al congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja, la rama sindical de la Tercera Internacional que estaba bajo la férrea disciplina de la Internacional Comunista y de los Partidos Comunistas de los respectivos países, muestra ejemplar de la visión de los sindicatos como simples correas de transmisión de los partidos políticos leninistas, vanguardia infalible del proletariado. El Informe de mi estancia en la URSS de Pestaña y las afirmaciones de Gastón Leval, un francés delegado de la CNT española, decidieron a la CNT a romper con la Internacional comunista en el mes de junio de 1922 y adherirse a la recién refundada Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), heredera de la Primera Internacional Obrera. Ofrecemos el resumen que el propio Pestaña hizo de su discurso en el congreso sindical de Moscú.

Llegó mi turno y subí a la tribuna para hacer uso de la palabra.
Dije que la situación de los delegados no acordes con lo que allí se había expuesto era extremadamente delicada y difícil, ya que toda crítica hecha a los puntos de vista sustentados por la III Internacional podían interpretarla nuestros adversarios como signo evidente de división entre el elemento trabajador, al apreciar la revolución, y no dejarían de explotar estas diferencias de apreciación para insinuar entre los obreros la especie de que la revolución era un fracaso, ya que no todos apreciábamos de igual modo los resultados.
Son estas, contingencias –continué- que todos debemos recordar en el debate que se ha planteado, pues olvidarlas equivaldría a generar diferencias nada provechosas para la causa que defendemos: la emancipación de la clase obrera.
La revolución ha proyectado un poderoso rayo de simpatía entre los obreros de todo el mundo, y sería doloroso que por entregarnos aquí a discusiones más o menos partidistas destruyéramos la labor que esa simpatía ha realizado.
Por eso, nuestras críticas deben limitarse a los extremos que no estén de acuerdo con nuestro pensar, y aun aquí, limitarnos lo más posible.
Dicho esto, entraré en el tema que aquí se está discutiendo.
A creer a cuantos oradores me han precedido en el uso de la palabra, la revolución en Europa y en el mundo entero queda supeditada a la organización de los Partidos comunistas en todos los países.
Se ha afirmado, pero eso sí sin aportar pruebas que puedan convencer a lo menos a mí, y si no pruebas cuando menos hipótesis razonables, que sin Partido Comunista no hay revolución, no se destruirá al capitalismo y las clases trabajadoras no conquistarán jamás el derecho de ser libres.
Afirmación gratuita y hasta algo fuera de lugar por sus pretensiones, ya que con ello se quiere negar la historia y la génesis de todos los movimientos revolucionarios que la humanidad ha realizado en el lento y penoso camino que recorre para acercarse a su dicha.
Se nos ha dicho: Mirad a Rusia; contemplad este bello espectáculo; el ejemplo; este ejemplo debéis admirar y en él hallaréis la confirmación práctica de nuestros razonamientos.
Y yo digo: ¿Qué debemos mirar? ¿Cuál es la contemplación que nos proponéis? Aquí no vemos más que una revolución ya hecha y el ensayo de un sistema de organización social, cuyos resultados no son lo suficientemente claros como para que sobre ellos hagamos deducciones.
Nos ponéis delante del acto consumado, y nos decís: he ahí el ejemplo.
No es así, ni situándonos en tal extremo, como podremos juzgar las pretensiones de la III Internacional.
Habéis olvidado algo muy esencial, lo más esencial para que vuestros razonamientos tuvieran la fuerza que pretendéis.
Habéis olvidado demostrarnos si fue el P.C: el que hizo la revolución en Rusia.
Demostradme que fuisteis vosotros, que fue vuestro partido el que hizo la revolución y entonces creeré en cuanto habéis dicho y trabajaré por lograr lo que proponéis.
La revolución según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace la revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado, y un golpe de Estado no es una revolución.
La revolución es la resultante de muchas causas cuya génesis la hallaremos en un mayor estado de cultura del pueblo, entre el desnivel que se produce entre sus aspiraciones y la organización que rija y gobierne este pueblo.
La revolución es la manifestación, más o menos violenta, de un estado de ánimo favorable a un cambio en las normas que rigen la vida de un pueblo y que, por una labor constante de varias generaciones que se han sucedido luchando por la aplicación de ese deseo, emerge de las sombras en el momento dado y barre, sin compasión, cuantos obstáculos se oponen a su fin.
La revolución es la idea que han adquirido las muchedumbres de un mejor estado social, y que o hallando cauces legales para manifestarse, por la oposición de las clases capitalistas, surge y se impone por la violencia.
La revolución es la consecuencia de una proceso evolutivo que se manifiesta en todas las clases de un país, pero particularmente en las menesterosas, por ser ellas las que más sufren en el régimen capitalista, y no hay partido alguno que pueda atribuirse el privilegio de ser él solo quien ha creado este proceso.
La revolución es un producto natural que germina después de haber sembrado muchas ideas, regado el campo con la sangre de muchos mártires, arrancando las plantas malas a costa de inmensos sacrificios, y ¿qué partido si no quiere que le tomen en ridículo podrá vanagloriarse de haber él sembrado ideas, el campo regado y escardado? Ninguno, es decir, yo creo que ninguno; vosotros no sois de la misma opinión.
Decimos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin Ejército Rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente observamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones una confirmación.
Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia, cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr el poder.